Sueña con contarle hasta diez al narcotráfico


Como ya lo dijo algún amante de la escritura: “los boxeadores y los periodistas deben saber defenderse solos”.

Acostumbrados a esquivar golpes, a moverse de lado a lado por el cuadrilátero buscando no ser interceptados por un golpe, luchando incasablemente para no caer. Esa es la vida de un boxeador mientras pelea. Aunque, para Alberto Serrizuela la lucha no está delimitada por un par de cuerdas, ni mucho menos sobre  una lona,  su lucha está en la calle. Su rival no es otro boxeador con un pantalón de diferentes tonalidades, sus rivales son aquellos que quieren cortarle la libertad a los pibes, trazarles el camino del mal  y despojarlos de esa alegría y desfachatez que te regala la juventud, el barrio, las calles, los vecinos.

Alberto   enfrentó a los periodistas de Apretao Deportivo para tener un mano a mano con ellos. Aunque, en este caso era un poco despareja la ecuación ya que era el solo contra tres.

 Ama este deporte. “Me encanta el boxeo, pero siempre fui un mal boxeador, desde chico. Hoy no me considero entrenador, yo sería algo así como un formador”. Afirma.

Los barrios marginales de esta provincia, al igual que en el que él vive, son zonas liberadas para el tráfico de drogas. Contó: “los innombrables, rompen los focos de la calle, para poder moverse en la oscuridad y hacer de las suyas”

Hace cuatro años atrás fundó su propio espacio de entrenamiento. Lo llamó Misil Box. Lo hizo en su propia casa y con sus propios recursos. “Yo solo quiero sacar a los chicos de las calles, acá pueden entrenar.  En mi encontrarán un formador, un amigo y un padre. Yo les abro las puertas de mi casa. Con mi mujer   los esperamos con los brazos abiertos”.

Comparó a las drogas con el diablo. “Esa basura entra en una familia y no solo daña al que la consume, destruye a  todo su entorno. Llega para quedarse”.

Misil box cuenta actualmente con la asistencia diaria de más de treinta personas, tanto mujeres como varones. Al margen de lo puramente deportivo, Alberto y su mujer le  preparan mate y algo de comer para aquellos chicos que caminan la vida acompañados por  ese dolor seco y punzante que se siente en la panza cuando  un  plato de comida caliente no te espera en ningún sitio.

Peronista y creyente. No trabaja para ningún partido político aunque si para un político. “Yo trabajo para Armando Cortalezzi y con lo que gano puedo sostener mi proyecto”.

Entrena día a día para ser más fuerte y para estar listo cada vez que los suyos lo necesiten. Repite hasta el cansancio que ayudar a los demás es también una ayuda para sí mismo. “Yo ayudo para ayudarme”.

Cada vez son más los chicos que se acercan a entrenar y eso lo llena de satisfacción. Critica a la envidia y al egoísmo que domina el mundo actual. La humildad es todo para él.” La humildad te hace ser campeón, no solo el entrenamiento”.

Sostuvo que las personas que menos tienen son las que más ayudan en cambio el que tiene todo  quiere más pero siempre para sí mismo.

Ante la completa atención de los futuros periodistas, Alberto contó una experiencia vivida en su barrio que tranquilamente podía haber sido  sacada del guión de alguna película de acción. Fue visitado por uno de los vendedores de drogas. Llegó en una moto empoderado por el arma que lo acompañaba y sabiendo que nadie le iba a macar los límites, se bajó  con tono alterado y prepotente y se puso a cargar y descargar las balas de una 22 corta ante sus ojos atentos y nulos de parpadeo. Claro, Serrizuela es su enemigo. El trata que los chicos dejen las drogas y le quita clientes a este sujeto. Por suerte para todos, los vecinos llamaron a la policía y la rata huyó.

Algunos de los boxeadores que entrenan en misil box ya se están perfilando para cosas serias, compiten en otras provincias y parecen tener futuro en la disciplina.

Independiente de los logros deportivos, acá los chicos aprenden valores, respeto, responsabilidad y logran poder controlar sus impulsos.

Llegando al final de una extensa charla que duro casi dos horas, Alberto, con la humildad que lo caracteriza, agradeció por el espacio que se le brindó para poder hablar de su proyecto. Cuanta más gente lo conozca, más barrios van a  querer imitarlo.

“vi a muchos jóvenes dejar las adicciones a través del boxeo, eso nos estimula. Siento que somos útiles para la sociedad”.

La duda que me invadía aquel día en aquella sala de conferencias era: parece estar más que claro que el deporte es salud, que su práctica puede alejarte de la mala vida, puede enderezar tu camino. Si un solo hombre impulsado básicamente por su propia fuerza puede sacar a más de treinta chico de la calle, darle contención, escucharlos, aconsejarlos y brindarles un abrazo de padre. ¿Cuantos miles y miles dejarían de llevar una vida de angustias y desazón si la estructura, la organización y el dinero vendrían de nuestros representantes políticos?

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