“No nací siendo deportista”


EL TIBURÓN TUCUMANO. Matías Ola desafía las aguas heladas para unir los continentes con un fin social.

Matías Ola, uno de los nadadores más importantes de nuestro país, se sumó a “Apretao Live” para contar algunas de sus emocionantes historias.

Desde su residencia en San Telmo, Buenos Aires, Matías Ola se sumó al ciclo de “Apretao Live”. El tucumano dejó una huella enorme en la historia de la natación de nuestro país, ya que una vez que apuntó su carrera hacia el nado en aguas abiertas, no deja de hacer cosas increíbles. Entre 2013 y 2015 unió los cinco continentes nadando, sin usar un traje de neoprene, y esa es sólo una de sus hazañas, pero es la que más impacto tuvo, ya que dio pie para que cree una fundación llamada “Unir el Mundo”.

Sin embargo, lo que hace aún más sorprendentes sus logros, es la historia de sus inicios. Nació en 1984 en Aguilares, a 92 km de la capital tucumana, aunque a los cuatro años se mudó con su familia a Orán, Salta. A pesar que desde pequeños su padre le inculcaba a él y a sus hermanos la actividad deportiva, Matías tenía una gran desventaja: sufría de asma, lo que le imposibilitaba alcanzar un buen rendimiento. “En primaria y secundaria aprobé educación física con un certificado”, contó, aunque parezca algo insólito. Fue recién a los 21 que, por cuestiones sociales, decidió hacer caso al consejo de los médicos para tratar sus problemas respiratorios. Sus primeras brazadas las dio en el Club Central Córdoba, donde el profesor Eduardo Gómez le enseñó lo que iba a ser su futuro. “El primer día me mandó al agua y no pude hacer ni 25 metros, se me salía el corazón de la boca. Me acuerdo muy bien que me costó mucho y me acuerdo muy bien que, a pesar de eso, este entrenador decidió entrenarme”, expresó Ola, con rostro pensativo. Seis meses después, ya era un nadador federado y, como si eso fuera poco, durante ese periodo podría decirse que prácticamente se curó, ya que no recuerda volver a sufrir otro ataque.

“No nací siendo deportista”, sentenció, pero su espíritu luchador lo llevó a ser lo que es hoy. Una de sus primeras muestras de ese carácter fue como miembro de la Federación Tucumana de Natación. Según él, cuando comenzó ya era un poco grande para pertenecer a un equipo, y por eso era mucho más emprendedor que sus pares. Una de sus primeras preocupaciones fue el conseguir una amplia variedad de indumentaria, cosa que acá no conseguía, por lo que terminó montando un negocio. Después, fue el primero en traer a uno de los nadadores más importantes de Argentina, José Meolans, que en ese momento recién se retiraba y comenzó a dar clínicas por todo el país. “Era una federación disuelta, muchas veces para los torneos teníamos que depender de otras, como la de Jujuy. Había una dejadez de la disciplina en mi provincia”, recordó.

Cuando ya vivía en las instalaciones del CENARD, empezó a sentir una desmotivación en la competencia, ya que se enfrentaba a atletas que habían comenzado a nadar desde muy niños. Fue ahí cuando, buscando otra alternativa, descubre la historia de un dominicano que había unido los cinco continentes. Para ese entonces, el nado en aguas abiertas era una disciplina novedosa, y consistía en cruzar canales en solitario, apoyado por un equipo de asistencia, y por una razón social. Su entrenador en ese momento le presentó a otro, que sería quien lo guíe en esa nueva etapa: Pablo Testa. Ambos se dejaron seducir rápidamente por el proyecto “Unir el Mundo”, que para darle un toque distintivo, tenía la consigna de no utilizar el traje de neoprene. Para ello, pasó bastante tiempo de adaptación y de preparar su cuerpo para soportar las temperaturas extremadamente frías. “El primer shock que tenés es la sensación de no poder respirar. Una vez en el agua empecé a entender que mi cuerpo necesitaba adaptarse y respirar diferente para poder aguantar el frío”, contó acerca de su primera experiencia en aguas abiertas, en Playa Varese, Mar del Plata. A partir de ahí, cosechó éxito tras éxito.

Entre sus tantas historias, destacamos una de las más sorprendentes, que fue cuando se cruzó con tiburones en aguas hawaianas. “En Hawaii había nadado la mayor parte de noche, y cuando aclaró y pude ver hacia abajo, me encuentro con dos tiburones nadando apenas unos metros de mí. Me asusté y me puse en posición fetal, pero el kayakista que me acompañaba llevaba un radar emisor de ondas que repelen el ataque de estos animales. Luego el barco de mi equipo dio un par de vueltas a nuestro alrededor y no los volví a ver”, relató con una admirable tranquilidad el oriundo de la “Ciudad de las Avenidas”. Más cercano en el tiempo, el año pasado para ser precisos, tuvo otra experiencia extrema. En esta ocasión, cruzando el Canal de La Mancha (el que separa el noroeste de Francia con la isla de Gran Bretaña) sufrió un ataque de hipotermia extrema. “Yo dejé de sentir las piernas pero pensaba que parte del esfuerzo. Desde el barco, fue mi entrenador quien notó que había disminuido mi intensidad de braceo. Para comprobar si estaba bien, comenzaron a tocar un silbato, y al ver que no reaccionaba, me sacaron. Lo último que recuerdo fue que me ponían sobre unas mantas y Pablo me decía- te estás congelando”.

Con respecto a la actualidad, expresó que le costó la situación de encierro. “Hubo momentos en los que no podía dormir y me costaba despertarme temprano, pero supongo que es parte de esta experiencia”. Además reveló que haciendo cardio vía online, conoció a su instructora que lo ayudó mucho en cuanto a la alimentación. “Antes no me fijaba que comía. Seguía la vida de un deportista, pero nada más. Ella me enseñó que comer sano te hace sentir realmente bien”.

Reviví la charla con Matías Ola.

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